Maravillosa conferencia sobre las “obligaciones” –oportunidades- hacia los más pequeños. Cómo las palabras son oportunidades para conocer el mundo, para conocernos a nosotros mismos, para imaginar y soñar mundos nuevos, para disfrutar de nuestra capacidad humana de acceder al conocimiento de los que tienen algo que decir, de los que rompen con lo establecido, de los que imaginan y crean,  de los que ya se fueron y también de dejar como huella de nuestros pasos comunes,  ideas, emociones, historias, conocimiento y sabiduría a los que vienen detrás nuestro, a partir de las letras.  Vale mucho la pena leer todo el artículo o disfrutarlo en video a través de youtube.

Neil Richard Gaiman es un autor inglés de historietas y escritor de fantasía. Su creación más famosa es la serie de cómics The Sandman.  

Traducción del texto íntegro de la conferencia de Neil Gaiman pronunciada el 14 de octubre de 2013 en el Barbican (Londres), bajo el auspicio de The Reading Agency, por Ellen Duthie

Conferencia en YOUTUBE

 

 

Es importante que la gente te diga de qué lado está y por qué, y si cabe la posibilidad de que puedan ser parciales. Así que voy a empezar hablándoos de lectura. Os voy a contar que las bibliotecas son importantes. Voy a sugerir que leer obras de ficción, leer por placer, es una de las cosas más importantes que uno puede hacer.

Voy a hacer una apasionada súplica para que las personas comprendan qué son las bibliotecas y qué son los bibliotecarios, y para que se conserven ambas cosas. Soy parcial, evidente y enormemente parcial: soy autor y, muchas veces, autor de ficción. Escribo para niños y para adultos. Desde hace unos 30 años me he estado ganando la vida mediante las palabras, principalmente inventándome cosas y escribiéndolas. Es obvio que es de mi interés que la gente lea, que lea ficción, que existan bibliotecas y bibliotecarios y que se ayude a infundir un amor por la lectura y por los lugares en los que puede darse la lectura.

 

Así que, como escritor que soy, soy parcial. Pero soy muchísimo, muchísimo más parcial como lector. Y como ciudadano británico, más parcial todavía.

 

Y aquí me tenéis pronunciando esta conferencia esta noche, bajo el auspicio de The Reading Agency, una organización sin ánimo de lucro cuya misión es proporcionar a todo el mundo igualdad de oportunidades en la vida, ayudándoles a convertirse en lectores entusiastas y seguros de sí mismos. Es una organización que apoya programas de competencia lectora, bibliotecas e individuos y fomenta de forma clara y apasionada el acto de la lectura. Porque, según nos cuentan, cuando leemos, todo cambia.

  

Esta tarde voy a hablar sobre ese cambio y sobre el acto de la lectura. Quiero hablar de lo que hace la lectura. De para qué sirve.

 

Una vez, asistí a una charla en Nueva York sobre la construcción de cárceles privadas, una industria de gran proyección en América. El sector carcelario tiene que hacer previsiones para su futuro crecimiento: ¿cuántas celdas van a necesitar? ¿Cuántos prisioneros habrá dentro de 15 años? Y vieron que lo podían predecir con mucha facilidad, aplicando un algoritmo bastante sencillito, basado en la pregunta de cuántas personas de 10 y 11 años no sabían leer. (Y mucho menos leer por placer).

 

No es una relación sencilla. No podemos decir que una sociedad competente en lectura no tiene criminalidad. Pero las correlaciones son muy reales.

 

Y pienso que algunas de esas correlaciones, las más sencillas, provienen de algo muy sencillo. La gente con buen nivel de competencia lectora lee ficción.

 

La ficción tiene dos usos. En primer lugar, es una puerta abierta a la droga de la lectura. La fuerza motora de saber qué pasa a continuación, de querer pasar la página, la necesidad de seguir leyendo, aunque sea difícil, porque alguien está en apuros y tenemos que descubrir cómo va a acabar todo… ésa es una fuerza motora muy real. Y nos obliga a aprender palabras nuevas, pensar pensamientos nuevos y seguir adelante. Descubrir que la lectura es placentera en sí misma. Una vez que aprendemos eso, estamos de camino a leerlo todo. Y la lectura es la clave. Hace unos años se planteó brevemente la idea de que estamos viviendo en un mundo post-lector, donde la capacidad de dar sentido a la palabra escrita es de alguna forma redundante. Pero esos días pasaron: las palabras son más importantes que nunca; navegamos el mundo con palabras y a medida que el mundo se va trasladando a la Web, tenemos que seguir, comunicar y comprender lo que estamos leyendo. Las personas que no se entienden entre sí son incapaces de intercambiar ideas, no pueden comunicarse. Y los programas de traducción no llegan a tanto.

 

La forma más sencilla de asegurarnos de que criamos a niños competentes desde el punto de vista lector es enseñarles a leer y enseñarles que la lectura es una actividad placentera. Y esto quiere decir, en su fórmula más sencilla, encontrar libros de los que disfruten, darles acceso a estos libros y dejar que los lean.

 

No creo que exista tal cosa como un mal libro para niños. De vez en cuando aparecen modas entre los adultos, en las que se señala algún grupo de libros infantiles, un género quizás, o un autor, y se declaran libros malos, libros que los niños no deben leer. Lo he visto una y otra vez; Enid Blyton fue declarada mala autora; también RL Stine fue declarado malo, y muchos otros. Se ha llegado a decir que los comics fomentan la “analfabetización”.

 

Esto es una chorrada. Es esnobismo y tontería. Ningún autor que guste a los niños y que los niños busquen es malo, porque cada niño es diferente. Una idea trillada y gastada no está trillada ni gastada para ellos. Es la primera vez que el niño se la encuentra. No desanimemos a los niños de la lectura porque sintamos que están leyendo “lo equivocado”. La ficción que no nos gusta es una ruta a otros libros que podamos preferir. Y no todo el mundo tiene el mismo gusto que uno mismo.

 

Un adulto bien intencionado puede destruir el amor por la lectura de un niño con mucha facilidad: no permitiéndoles leer lo que disfrutan; intentando darles libros “respetables” pero aburridos; el equivalente del siglo 21 a la literatura “edificante” victoriana. Acabaremos con una generación convencida de que leer es muy poco guay y, peor aún, de que leer resulta desagradable.

 

Necesitamos incorporar a nuestros niños a la “escalera lectora”: cualquier cosa de la que disfruten les permitirá ir subiendo peldaños hasta llegar a la competencia lectora.

 

La segunda cosa que hace la ficción es desarrollar la empatía. Cuando ves la tele o una película, ves cosas que ocurren a personas. La ficción en prosa es algo que se construye a partir de las letras del alfabeto y un puñado de signos de puntuación y nosotros, y sólo nosotros, usando nuestra imaginación, creamos un mundo y lo poblamos y vemos las cosas a través de otros ojos. Es una oportunidad para sentir cosas, visitar lugares y mundos que de otra forma puede que jamás conoceríamos. Aprendemos que todas las demás personas que hay por ahí afuera también son un “yo”. Somos otra persona y cuando volvemos a nuestro propio mundo, estamos un poco cambiados.

 

La empatía es una herramienta para formar grupos a partir de personas, para permitirnos funcionar como algo más que individuos obsesionados con nosotros mismos.

 

Cuando leemos, también descubrimos otra cosa que es de vital importancia para navegar por el mundo. Y es esto:

 

El mundo no tiene por qué ser así. Las cosas pueden ser distintas.

 

En 2007, asistí a la primera convención de ciencia ficción y fantasía aprobada por el Partido en la historia de China. En un momento, conseguí apartar a un alto oficial y preguntarle por la razón de esa desaprobación por ciencia ficción durante tanto tiempo. ¿Y qué había cambiado ahora?

 

Es sencillo, me dijo. Los chinos eran brillantes fabricando cosas si otras personas les traían los planos. Pero no innovaban y no inventaban. No imaginaban. Así que enviaron una delegación a Estados Unidos, a Apple, a Microsoft, a Google, e hicieron muchas preguntas a las personas que estaban allí inventando el futuro. Eran preguntas sobre ellos mismos y sus vidas. Y descubrieron que todos habían leído mucha ciencia ficción en su infancia y adolescencia.

 

La ficción puede mostrarnos un mundo diferente. Puede llevarnos a un sitio a donde nunca hemos ido. Una vez hemos visitado otros mundos, como aquellos que han degustado las frutas de las hadas, nunca podemos estar del todo satisfechos con el mundo en el que crecimos. El descontento es bueno: las personas descontentas pueden modificar y mejorar sus mundos, dejarlos mejor, dejarlos distintos.

 

Ya que hablamos del tema, me gustaría decir un par de cosas sobre el escapismo. Es frecuente oír el término como si se tratara de algo malo. Como si la literatura “escapista” fuera un opiáceo barato al que recurren los confundidos, los tontos y los engañados, y que la única ficción que lo vale, tanto para adultos como para niños, es la ficción mimética, un espejo de lo peor del mundo en que se encuentra el lector.

 

Si estuviéramos atrapados en una situación imposible, con personas que nos quisieran mal, y alguien nos ofreciera un escape temporal, ¿acaso no aceptaríamos su oferta? Y la ficción escapista es justamente eso; ficción que abre una puerta, muestra la luz del sol del exterior, nos da un lugar al que ir en el que nosotros tenemos el control, estamos con personas con las que queremos estar (y los libros son lugares reales, no lo dudéis por un solo momento); y, lo que es más importante, durante ese escape, los libros también pueden darnos conocimientos acerca del mundo y de nuestra problemática, darnos herramientas, darnos armadura: cosas reales que podemos llevarnos con nosotros de vuelta a nuestra prisión. Destrezas, conocimientos y herramientas que podemos utilizar para escapar de verdad.

 

Como nos recordó JRR Tolkien, las únicas personas que vituperan la escapada son encarceladores.

 

Otra forma de destruir el amor de un niño por la lectura, claro está, es asegurarse de que no haya ningún libro de ningún tipo en ninguna parte. Y no darles ningún sitio para leer esos libros. Yo tuve suerte. Tenía una excelente biblioteca local en el lugar donde me crié. Tenía el tipo de padres a los que podía convencer para que me dejaran en la biblioteca de camino al trabajo durante las vacaciones de verano y el tipo de personal bibliotecario al que no importaba que un niño pequeño, sin acompañar, visitara la biblioteca infantil todas las mañanas y rebuscara en el catálogo para encontrar libros de fantasmas o magia o cohetes, buscando vampiros, detectives o brujas o maravillas. Y cuando acabé con la sección infantil, empecé con los libros para adultos.

 

Eran buenos bibliotecarios. Les gustaban los libros y les gustaba que se leyeran los libros. Me enseñaron cómo pedir libros de otras bibliotecas mediante préstamos interbibliotecarios. No tenían ninguna actitud esnob acerca de lo que leía. Simplemente parecía gustarles que hubiera un niño con los ojos bien abiertos al que encantaba leer y me hablaban sobre los libros que leía, me buscaban otros libros de una misma serie; me ayudaban. Me trataban como otro lector – ni más ni menos- lo cual quiere decir que me trataban con respeto. No estaba acostumbrado a que me trataran con respecto a la edad de ocho años.

 

Pero las bibliotecas son sobre todo centros de libertad. Libertad para leer, libertad de ideas, libertad de comunicación. Son centros de educación (que no es un proceso que acabe el día en que salimos de la escuela o de la universidad), de entretenimiento, de espacios seguros y de acceso a información.

 

Me preocupa que aquí en el siglo 21, la gente no entienda bien qué son las bibliotecas y para qué sirven. Si percibimos una biblioteca como una estantería de libros, parece que pueda ser un concepto anticuado o desfasado en un mundo en el que la mayoría, pero no todos, de los libros en papel existen también en formato digital. Pero eso es no entender nada.

 

Creo que tiene que ver con la naturaleza de la información. La información tiene valor y la información correcta tiene un valor enorme. Durante toda la historia de la humanidad, hemos vivido en un tiempo de escasez de información y tener la información que se precisaba era siempre importante y siempre valioso: cuándo sembrar, dónde encontrar cosas, mapas, historias y cuentos. La información era algo valioso y los que la tenían o podían obtenerla podían cobrar por el servicio.

 

En los últimos años, hemos pasado de una economía escasa en información a una impulsada por un exceso de información. Según Eric Schmidt de Google, cada dos días la raza humana crea tanta información como los humanos habían creado desde el inicio de la civilización hasta el año 2003. Estamos hablando de cinco exobytes de datos al día, para aquellos a los que les guste contar. El reto al que nos enfrentamos ahora no es encontrar esa planta escasa que crece en el desierto, sino encontrar una planta específica que crece en una jungla. Vamos a necesitar ayuda para navegar esa información, para encontrar lo que realmente necesitamos.

 

Las bibliotecas son lugares a las que las personas acuden para encontrar información. Los libros son sólo la punta del iceberg de la información; allí están y las bibliotecas pueden darnos libros de forma gratuita y legal. Más niños que nunca están sacando libros de bibliotecas. Libros de todo tipo; en papel, en digital y en audio. Pero las bibliotecas también son, por ejemplo, lugares a los que personas que no tienen acceso a un ordenador, que quizás no tengan conexión a Internet, pueden ir para conectarse de forma gratuita. Esto es fundamental cuando el modo en que buscamos empleo, enviamos solicitudes de empleo o solicitamos ayudas sociales depende cada vez más de tener acceso a Internet. Los bibliotecarios pueden ayudar a las personas a navegar ese mundo.

 

No creo que todos los libros vayan a pasar a pantalla ni que deban hacerlo: como me comentó una vez Douglas Adams más de 20 años antes de que apareciera el Kindle, un libro físico es como un tiburón. Los tiburones son antiguos: había tiburones en el océano antes de que llegaran los dinosaurios. Y la razón por la que siguen habiendo tiburones es que los tiburones hacen mejor de tiburón que ningún otro animal. Los libros físicos son duros, difíciles de destruir, resistentes a la bañera, son gustosos al tacto: se les da bien ser libros; y siempre habrá un lugar para ellos. Las bibliotecas son su hogar, al igual que las bibliotecas ya se han convertido en lugares a los que acceder a libros electrónicos, audiolibros, DVDs y contenido Web.

 

Una biblioteca es un lugar que es un archivo de información y da a todos los ciudadanos acceso igualitario al mismo. Esto incluye información sobre salud e información sobre salud mental. Es un espacio comunitario. Es un lugar seguro, un refugio del mundo exterior. Es un lugar con bibliotecarios en su interior. Lo que deberíamos estar imaginando ahora es cómo serán las bibliotecas del futuro.

 

La competencia lectora es más importante que nunca, en este mundo de mensajes de texto y correos electrónicos, un mundo de información escrita. Necesitamos leer y escribir, necesitamos ciudadanos globales que estén cómodos leyendo, que comprendan lo que leen, que comprendan los matices y que se hagan comprender.

 

Las bibliotecas realmente son las puertas al futuro. Por eso no deja de ser desafortunado ver que en todo el mundo las autoridades locales aprovechan la más mínima oportunidad para cerrar bibliotecas como una forma fácil de ahorrar dinero, sin darse cuenta de que están robando al futuro para pagar por hoy. Se están cerrando unas puertas que deben permanecer abiertas.

 

Según un estudio reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, Inglaterra es el “único país donde el grupo de edad más mayor tiene mayor competencia lectora y numérica que el grupo de menor edad, después de tener en cuenta otros factores como género, entorno socio-económico y tipo de ocupación".

 

O, para expresarlo de otro modo, nuestros hijos y nuestros nietos tienen menor competencia lectora y numérica que nosotros. Son menos capaces de navegar el mundo, de comprenderlo para resolver problemas. Se les puede mentir y engañar con mayor facilidad, serán menos capaces de cambiar el mundo en el que se encuentran, serán menos empleables. Todo esto.

 

Y como país, Inglaterra se quedará a la zaga de otras naciones desarrolladas porque carecerá de una fuerza de trabajo con las competencias necesarias.

 

Los libros son la forma en que nos comunicamos con los muertos. El modo en que aprendemos lecciones de aquellos que ya no están con nosotros, el modo en que la humanidad se ha desarrollado, ha progresado, y ha hecho que el conocimiento sea algo incremental en lugar de algo que debamos reaprender una y otra vez. Hay cuentos que son más antiguos que la mayoría de los países, cuentos que han perdurado más que las culturas y los edificios en los que se contaron por primera vez.

 

Creo que tenemos responsabilidades con respecto al futuro. Responsabilidades y obligaciones hacia los niños, hacia los adultos en los que se convertirán esos niños, hacia el mundo que habitarán. Todos nosotros – como lectores, como escritores y como ciudadanos – tenemos obligaciones. Voy a tratar de enumerar algunas de esas obligaciones aquí.

 

Creo que tenemos la obligación de leer por placer, en espacios privados y públicos. Si leemos por placer, si otros nos ven leyendo, aprendemos, ejercitamos nuestra imaginación. Mostramos a otros que leer es bueno.

 

Tenemos la obligación de apoyar a las bibliotecas. De usar las bibliotecas, de animar a otros a que usen las bibliotecas, de protestar por el cierre de bibliotecas. Si no valoramos las bibliotecas, no valoramos la información ni la cultura ni la sabiduría. Silenciamos las voces del pasado y perjudicamos el futuro.

 

Tenemos la obligación de leer en voz alta a nuestros hijos. Leerles cosas que disfruten. Leerles cuentos que a nosotros nos cansan ya. De poner voces, de hacerlos interesantes y de no dejar de leerles simplemente porque hayan aprendido a leer por sí mismos. De usar los momentos de lectura en voz alta como momentos para estrechar nuestra relación, como momentos cuando no estamos pendientes del móvil, cuando las distracciones del mundo se aparcan.

 

Tenemos la obligación de usar el lenguaje. De ir más allá: de descubrir qué significan las palabras y cómo usarlas, de comunicarnos con claridad, de expresar justo lo que queremos decir. No debemos tratar de congelar el lenguaje, pretender que sea una cosa muerta a la que reverenciar, sino que debemos usarlo como algo vivo, que fluye, que toma prestadas palabras, que permite que los significados y las pronunciaciones cambien con el paso del tiempo.

 

Los escritores – especialmente los escritores para niños, pero todos los escritores- tenemos una obligación hacia nuestros lectores; es la obligación de escribir cosas verdaderas, lo cual es especialmente importante cuando creamos historias de personas que no existen en lugares que nunca fueron. Debemos comprender que la verdad no es lo que ocurre sino lo que nos dice acerca de quiénes somos. La ficción es la mentira que cuenta la verdad, al fin y al cabo. Una de las mejores curas para el lector reacio, a fin de cuentas, es un cuento que no pueda dejar de leer. Y aunque debemos contar a nuestros lectores cosas verdaderas y darles armas y armadura y transmitirles la sabiduría que hayamos ido recopilando en nuestra corta estancia sobre este mundo verde, tenemos la obligación de no predicar, de no sermonear, de no introducir a la fuerza por el gaznate de nuestros lectores moralejas y mensajes predigeridos, como los pájaros adultos alimentan a sus bebés con gusanos premasticados; y tenemos la obligación de nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, escribir nada para niños que no quisiéramos leer nosotros mismos.

 

Tenemos la obligación de comprender y de reconocer que como escritores para niños estamos haciendo una labor importante, porque si la fastidiamos y escribimos libros aburridos que hacen que los niños salgan espantados de la experiencia lectora, habremos mermado nuestro propio futuro y reducido el suyo.

 

Todos nosotros – adultos y niños, escritores y lectores- tenemos la obligación de soñar despiertos. Tenemos la obligación de imaginar. Es fácil hacer como si nadie pudiera cambiar nada, como si estuviéramos en un mundo en el que la sociedad es tan enorme que el individuo es menos que nada: un átomo en una pared; un grano de arroz en un arrozal. Pero lo cierto es que los individuos cambian su mundo una y otra vez, los individuos hacen el futuro y lo hacen imaginando que las cosas pueden ser distintas.

 

Echad un vistazo a vuestro alrededor. Parad por un momento y mirar la habitación en la que os encontráis. Voy a señalar algo tan evidente que suele olvidarse. Es esto: todo lo que veis, incluidas las paredes, fue, en algún momento, imaginado. Alguien decidió que era más fácil sentarse en una silla que en el suelo e imagino la silla. Alguien tuvo que imaginar la manera de que yo pueda hablar con vosotros ahora mismo en Londres sin que nos llueva encima a todos. Esta habitación, y las cosas en ella, y todas las demás cosas en este edificio, esta ciudad, existen porque, una y otra vez, algunas personas imaginaron cosas.

 

Tenemos la obligación de hacer que las cosas sean bellas. De no dejar el mundo más feo de lo que nos lo encontramos, de no vaciar los océanos, de no dejar nuestros problemas para la siguiente generación. Tenemos la obligación de recoger nuestra basura y nuestro desorden, y de no dejar a nuestros hijos un mundo echado a perder, timado y mutilado.

 

Tenemos la obligación de decir a nuestros políticos lo que queremos, de votar en contra de políticos de cualquier partido que no entiendan el valor de la lectura en la formación de ciudadanos que valen la pena, que no quieran actuar para preservar y proteger el conocimiento y fomentar la competencia lectora. No es cuestión de política de partido. Es cuestión de humanidad común.

 

A Albert Einstein se le preguntó una vez cómo podíamos hacer más inteligentes a nuestros hijos. Su respuesta fue al mismo tiempo sencilla y sabia. “Si queréis que vuestros hijos sean inteligentes”, dijo, “leédles cuentos de hadas. Si queréis que sean más inteligentes, leédles más cuentos de hadas." Comprendía el valor de la lectura, de la imaginación.

 

Espero que podamos dar a nuestros niños y niñas un mundo en el que lean, en el que se les lea, en el que imaginen y en el que comprendan.