Por: Úrsula Werren de Bolaños

Carmen entra a la clase de piano estresada y frustrada. La mañana había sido un desastre, la prueba de matemáticas, el problema con Sofía, su amiga, que la sigue evitando, la tarea de ciencias que tiene atrasada y papá que no quiere dar el permiso para que asista al “quince” de Renata.

La maestra Bonnie la recibe con calidez. Retoman la parte final de la “Sonata” que tanto le gusta a Carmen. De pronto se da cuenta que las notas se borran y la vista se nubla: está llorando.

Bonnie le acerca la caja de pañuelos y le coloca el brazo en el hombro. La tensión va cediendo. Bonnie le ofrece la opción de escucharla o seguir con el trabajo en la obra musical. Carmen escoge lo segundo.

En la medida que se sale de ella misma y se centra en el aquí y ahora, es decir en la obra musical, el pulso del ritmo y sus variaciones, el devenir de la melodía y de la armonía, la estructura formal, el cuidado que da a sus manos y su cuerpo entero, todo esto integrado va actuando armónicamente sobre su pensamiento confundido y sus emociones alteradas. Sus manos dejan de temblar, la respiración se vuelve pausada, los hombros de relajan y su vida afectiva se suaviza y se ordena. Ella toda se transforma en la belleza y la armonía de la Sonata. Ella se percibe valiosa y en paz.

Bonnie sonríe. Ha vivido tantas veces esta experiencia “mágica”. La acción sanadora de la música en ella misma y en sus alumnos y alumnas. Celebra el regalo, los beneficios que nos ofrece el trabajo con la música.